Practica yoga todos los días
Hastiado de la fama Ricky Martin se bajó un rato del mundo. Según cuenta, ahora viaja dos veces al año a India, para saciar su sed espiritual, y practica yoga en forma religiosa.
“En medio del caos que es mi vida puedo sentirme en paz, es una fantástica herramienta”, confesó en entrevista concedida a La Vanguardia/ The New York Times Syndicate.
“A los 12 años y en tres semanas pasé de estar corriendo por las calles con mi bicicleta a cantar ante 250.000 personas en el Maracaná de Brasil. Viajábamos en un Boeing 737 privado y no es que durmiera en la suite del mejor hotel, tenía un piso en el mejor hotel”, recordó, dando cuenta de la rapidez con que el éxito llegó a su vida.
Pero nunca se aferró a la fama, siempre estuvo consciente de que ésta podía venir e irse.
Por lo mismo, calificó su decisión de tomarse un tiempo sabático, en pleno peak de su carrera – antes de lanzar su disco Life -, como “la primera en mucho tiempo que no estaba basada en el miedo”.
“Vivía obsesionado por ser el mejor”
Entonces, aprendió a disfrutar del silencio, de la calma y de sí mismo. “Antes vivía obsesionado por ser el mejor, vender muchos discos y llenar estadios. No me fue mal, hemos logrado cosas bien positivas, pero tenía que cerrar el círculo, así que me fui a casa, jugué con mis perros, pasé tiempo con mi madre, lo que me hizo mucho bien, y luego agarré mi mochila”.
Fue cuando iba a presentar el concierto de “Livin’ la vida loca” en Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay, hace cinco años, que canceló su gira.
“Estaba cansado, estaba hasta la madre”, declaró a “El Mercurio”. “No iba a plantarme en los escenarios a ser ficticio. Así de franco lo digo. Estaba cansado, nada me sabía bien; estuve más de una década trabajando como un perro y me paraba en un escenario y estaba de mal humor; hacía una entrevista y me sabía a sal; ya no quería más. Me fui y no sabía si iba a volver; quería estar bien adentro, después de cinco años sabáticos”.
Ahora ve que enfocarse en lo simple es necesario. “Es muy fácil caer en códigos de conducta viejos… en esa adrenalina de 16 entrevistas diarias. Lo esencial es no olvidarse de volver a lo básico. Para mí, eso fue reencontrarme con el niño que vive dentro, porque lo olvidé por completo cuando a los 12 años me subí a aquel avión”.
